Terapia de grupo: Duelo

Aquí estamos de nuevo, y aunque ha pasado más de lo que nos gustaría desde nuestra última terapia de grupo hemos vuelto para poner en común nuestros demonios, esos demonios que sólo conseguimos sacar de vez en cuando a través de las letras. En esta ocasión la palabra clave es Duelo, y contamos con dos invitadas especiales. Por un lado tenemos a Carmen Ramone, visitante habitual de nuestro planeta que encontramos orbitando desde Twitter y Tumblr. Por el otro contamos con Haridian, compañera en nuestro día a día y conocedora de primera mano de lo que nos preocupa entre la chatarra, aunque sea a pesar suyo. Ahora os dejamos con los textos en cuestión, esperamos no haber perdido la práctica y que os entretenga el resultado de nuestro juego.  Nos veremos en otra terapia y recordad, todos sois bienvenidos.

A la tercera campanada

Me despierto en un sitio cerrado, siento que estoy boca abajo pero no veo cómo estoy ni qué me rodea. Hace frío pero no me incomoda, es más, lo noto como algo habitual. No sé cómo he llegado aquí ni por qué estoy boca abajo, sólo sé que no veo nada, estoy a oscuras.

De repente mi situación cambia, ahora me encuentro acostado y puedo ver una pequeña luz al final de un túnel. No puedo ver qué hay afuera y sigo sin saber dónde estoy. Sin darme tiempo a percatarme de nada más oigo una gran explosión a mi espalda que me empuja. Siento calor, demasiado. La salida del túnel se acerca cada vez más y yo cada vez tengo más miedo.

La fuerza del impacto hace que salga del túnel pero sigo sin poder ver nada, ahora es la luz del sol lo que me ciega, he perdido el contacto con lo que me rodeaba y siento que estoy volando. Salgo girando y me desoriento.

Cuando por fin consigo ver qué tengo delante sólo puedo ver la frente sudorosa de un pistolero y sus ojos mirando al infinito tras de mí. Su mirada daba miedo; era el miedo.

Demasiado tarde, impacto contra su frente. La atravieso. Atravieso su piel y su hueso, se está cálido aquí pero la sensación agradable dura poco, vuelvo a impactar con algo pero ahora el orden es inverso, hueso y piel. Luego el aire.

He perdido velocidad y el impacto me ha deformado. Caigo sobre arena y el sol que antes me cegaba ahora me da calor. Noto sangre y arena pegada a mi cuerpo amorfo. Todo ha pasado muy rápido y desde aquí sólo alcanzo a ver un sombrero y mucho polvo en el aire.

Cuando se disipa la polvareda al fondo veo que hay un segundo hombre, no consigo verle la cara, tan sólo su silueta. Enfunda su arma. Ahora todo encaja.

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El rito

Recorte pistola

Al principio somos sólo dos siluetas. El sol se va alzando lentamente y el viento sopla con constancia. Nuestros pasos sobre la arena forman huellas impersonales, que en cuestión de minutos serán borradas por el viento. Un paso  destruye un mundo, el siguiente crea uno nuevo y cada uno va acercándonos más, haciendo cada vez más distinguibles nuestras siluetas. La silueta da paso a la figura, la figura al cuerpo y finalmente al rostro, los rostros que ya conocemos perfectamente. Nos miramos sin vernos, al igual que hace el sol, continuando con su viaje diario. Sabemos que ha llegado el momento, no hay elección. El viento sigue soplando, buscando algún sonido, alguna palabra que arrastrar, pero no hay más que arena y nosotros. Finalmente dejamos de caminar, las manos bien a la vista, las chaquetas desabrochadas y las culatas adecuadamente escondidas. El resorte salta, las manos vuelan en busca del tacto de la madera y el metal y el dedo aprieta el gatillo. Entonces llega el estruendo, que el viento se lleva como si fuera su botín,  dejando de nuevo el silencio absoluto. Todo en apenas unos segundos. Creación y destrucción en unos instantes. Todo parece seguir igual, pero entonces una fuente brota en su pecho y se desploma hacia atrás.

Se queda en el suelo inmóvil. He ganado, esta vez he ganado yo, y sin embargo esta es la parte que más me asquea. Ni el viento ni el sol se detienen ante nuestro enfrentamiento, deben seguir con su cometido. Su ropa se va tiñendo de rojo progresivamente mientras sus ojos miran al cielo sin expresión. Preferiría estar en su lugar, viendo el azul del cielo en lugar del rojo de la sangre. Entonces deja de brotar la sangre pero no me sorprende, ya sé lo que viene a continuación. Su mano se levanta lentamente y se posa sobre la herida. Hurga con los dedos hasta extraer la bala y se incorpora bajo mi mirada impaciente. Una vez de pie saca su pistola y coloca la bala que acaba de sacarse del pecho en el tambor. Me mira entre los mechones de pelo y dibuja una ligera sonrisa que indica que se ha acabado el trabajo por hoy, así que ambos nos damos la vuelta y volvemos por donde vinimos, hasta ser de nuevo figuras lejanas.

Me inquieta que aún sea capaz de sonreír, que todo esto le siga pareciendo divertido. Al principio era emocionante, no lo voy a negar, sentía que estaba haciendo algo importante, pero día tras día se ha hecho más pesado y repulsivo. Y sin embargo no tenemos otra opción, el equilibrio del universo depende de este rito. Un duelo al amanecer en el desierto, con pistolas y sin testigos. Así es la eterna lucha entre el bien y el mal. Seguramente esperabais algo más glamouroso, pero es nuestro trabajo y debemos seguir haciéndolo hasta que llegue el relevo.

Cemetery Western

Dicen que después de una pérdida lo normal es pasar por una etapa de ‘adaptación emocional’. Una adaptación que esconde además otras cinco, las cinco fases del duelo. Es gracioso, siempre había relacionado esa palabra a los enfrentamientos entre dos pistoleros bajo un sol abrasador. Y en parte creo que comparten algo. Aquí estoy yo, de pie, jodido, mirando cara a cara a la más dura de las tristezas, con un nudo en la garganta y otro en el estómago esperando a que la campanada suene y uno de los dos acabe con el otro.

Aquí proyectando mi sombra sobre una tumba mientras la lápida me mira erguida, incorruptible, fría. Eso sí que es un duelo y no los de aquellos westerns. Pensándolo bien, ya no me parece una analogía tan graciosa.

Recuerdo que decían que primero vendría la negación, y yo diría que nunca pasó, directamente me cagué en la puta, me cagué en Dios por cabrón y en este hijo de puta por ser creyente. De nada le sirvió para que su Dios le diera la espalda tan joven. Pero esa fue la fase que menos duró, creo que me arremetió muy fuerte la negociación. Sí, negocias con esa tristeza para que no se lleve los últimos trozos que te quedan, negocias para no olvidar, te aferras a lo que te queda. Esa es la parte más dura o más bien crees que es la más dura, ahí es cuando llega el dolor, el dolor abre muchísimas puertas. Negociaste para quedarte con los recuerdos y están todos ahí en tu cabeza, abiertos de par en par, y los ves una y otra vez hasta que duelen, se dan la mano, bailan alrededor de un fuego que no se apaga y entonces, llega la aceptación.

Aceptas que la gente muere, aceptas que la gente que quieres muere, y sobretodo aceptas que algún día te tocará a ti, pero seamos sinceros ese será un duelo en el que tú no tendrás que disparar, se encargarán otros de hacerlo por ti.

Diría que la muerte es la única experiencia en la vida de la que no aprendes si te pasa a ti. Y solo se necesita que muera una persona cercana para que aprendas que la muerte existe, para que deje de ser algo abstracto y se vuelva tangible como… Bueno, como estas flores que llevo apretando fuerte todo este rato y que debería dejar e irme. Como siempre, vengo para un recado y me quedo durante unas horas, debe ser porque eres bueno escuchando y nunca me interrumpes, o porque este es un duelo que no puedo rechazar nunca.

Hasta la próxima viejo amigo.

Duelo

Hasta que la muerte nos separe

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Los años iban pasando entre palabras vacías, entre fríos silencios. Tú tenías una idea equivocada de lo que era al conocerte, yo tenía mil historias que quería continuar. Cada uno tenía un lado del sillón, un horario, una vida. Nos unía el miedo a estar en soledad, a enfrentarnos a los fantasmas que habitaban el desván del olvido.

Una copa rota, en un intento vano de volver a los comienzos, fue el detonante de este duelo que aún perdura. Cada uno eligió sus armas, con la temeridad que da la posibilidad de la muerte inminente. Yo elegí el arma blanca que son los celos, tú decidiste que la indiferencia era el mejor escudo. Comenzamos a herirnos sin medida, con reproches. Una situación insostenible que arrancaba cada día pedacitos del mural que habíamos construido juntos.

De vez en cuando, una tregua para recuperar fuerzas nos ayudaba a resistir, nos acurrucábamos a lamernos las heridas, viendo fotos viejas y riendo sin parar, sintiendo que éramos niños de nuevo.

Otras veces, encontrábamos un oasis de  paz entre las sábanas, un combate cuerpo a cuerpo, que dejaba magulladuras en unos corazones cansados de vivir. El agridulce de cualquier amor a destiempo.

Todos los meses hacíamos recuento de las batallas ganadas, viviendo en un continuo empate de dardos envenenados y comedias románticas.

La lucha era encarnizada, los golpes, de muerte, e intentábamos curarnos con falsos perdones que ninguno fingía muy bien creer. El tiempo decidió comenzar a dejar huella. Se nos fueron debilitando el ánimo, las ganas, los motivos. Ni siquiera recordábamos ya quién había tirado el guante la primera vez, o la copa, o la piedra…

Total, que aquí estamos, tras años de combate. Todo sigue como al principio, sólo que con más dolor, con menos fuerzas.  Lo que más pavor nos daba era el arrepentimiento.

Para llegar a la felicidad nos faltó valor.

Dama Blanca

“No debería estar aquí”.

Fue lo primero que ella pensó al despertarse. El sol se colaba por la persiana torcida, permitiéndole mirar a su alrededor. Todo seguía tan decadente como lo recordaba, nada había cambiado. Pero alguien sí, ella, pero no podía decírselo. Todavía no. Seguramente nunca.

“Esto tiene que ser así, no tengo elección”.

Se levantó y comprobó que seguía en el bolso. Él era un bulto inerte en la cama, que respiraba pesadamente. Sobre la mesita tenía la cuchara y el mechero, que habría usado hacía unas horas. Algunos meses atrás, ella hubiera estado a su lado, compartiendo la apatía de la heroína. Recordaba demasiado bien el mundo tranquilo en que te sumerge la droga, ese universo de evasión que durante tanto tiempo creyó haber encontrado y del que finalmente pudo escapar. Por un breve momento deseó calentar el chino que él había dejado y olvidarse de todo, pero sabía que no podía permitirse volver a caer, menos en este momento, no hoy.

“Debo hacerlo, necesito hacerlo”.

Sabía que mientras a él le durara el efecto del caballo tendría tiempo para llevar a cabo su plan, así pues, la cogió del bolso y se dispuso a explicárselo:

– Sé que no me estás oyendo, pero necesito decírtelo. La culpa es tuya, tú me metiste en este duelo por mi vida. Me metiste en un lento camino hacia la muerte, y si no me hubiera dado cuenta que quería vivir, que debía hacerlo, hubiera llegado hasta el fin. Lo más probable es que en estos meses ni te hayas dado cuenta de que me fui, como si no te conociera, siempre en busca del próximo chute, sin importarte a quién arrastras en esta carrera sin ganadores. Seguro que le debes tanto dinero a tanta gente que la policía pensará que esto no es más que un ajuste de cuentas. Si hubieras seguido vivo te habrías acabado enterado y habrías acabado intoxicando su futuro, y eso no puedo permitirlo. Si alguna vez te quise, se evaporó como los vapores que inhalas para colocarte. Lo siento.

“Ahora, tengo que hacerlo ahora”.

Metió la mano en el bolso y cogió la pistola. Agarrando un cojín que había en el suelo, le disparó hasta vaciar el cargador.

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Terapia de grupo: herir

Aún no nos hemos repuesto del último trabajo de nuestro padrino Bruce Willis en su regreso como John McClane, y aún así hemos sacado tiempo para hacer otra terapia de grupo, porque no dejamos de pensar en nuestros lectores. El método una vez más ha consistido en elegir una palabra gracias a un generador aleatorio de palabras, que ha tenido a bien retarnos a escribir a partir del verbo herir. La novedad en esta ocasión, es que contamos con la inestimable colaboración de la compañera The Woman in Grey. Esperamos que os gusten los relatos y que os animéis a participar, ya sea con vuestros textos o proponiendo palabras para el próximo Terapia de grupo.